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El hombre no desafía a Elohim: se desafía a sí mismo
Una de las afirmaciones más repetidas en discursos religiosos es que el hombre “desafía” o “provoca” a Elohim. Sin embargo, esta idea no encuentra sustento en una lectura cuidadosa de la Torah. El Creador no es un ser que compite con el hombre ni reacciona a provocaciones humanas. Es el hombre quien, al apartarse de la instrucción, se desafía a sí mismo delante del Creador.
La Torah muestra múltiples momentos en los que Elohim guarda silencio. Este silencio no es ausencia ni indiferencia; es una consecuencia pedagógica. Cuando el pueblo actuaba en contravía de lo instruido, no estaba enfrentándose a Elohim, sino tomando decisiones cuyos resultados recaían sobre ellos mismos.
El hombre no posee nada con qué desafiar al Creador. No puede alterarlo, afectarlo ni moverlo de su posición. No lo puede tentar o provocar; esa clase de idea se ha desarrollado a través de los siglos desde el análisis e interpretación de quien no admite análisis ni interpretación. Lo que sí puede hacer el Adam es colocarse fuera del marco de la instrucción, generando consecuencias buenas o malas según sus acciones. La Torah deja claro que los resultados no son castigos arbitrarios, sino efectos directos de la obediencia o la desobediencia.
Las historias narradas no solo describen eventos externos, sino procesos internos: lo que se gestaba en el corazón del individuo y del pueblo. Allí se revela cómo el ser humano responde a la instrucción y cómo esa respuesta define su destino.
Comprender que el hombre no desafía a Elohim, sino que se desafía a sí mismo, cambia por completo la manera de leer la Torah. La instrucción deja de ser vista como amenaza y se entiende como oportunidad. Vivir conforme a ella no es un acto de temor, sino de sabiduría y responsabilidad personal.
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