El libro de Bereshit, conocido en el canon bíblico tradicional como Génesis, es el primer…
La Torah como instrucción de vida: práctica, orden e identidad
El punto de partida de la Torah, tal como la conocemos, es el pueblo de Yisrael después de haber salido de Mitzraim (Egipto). No se trata de un pueblo ideal ni plenamente formado, sino de una nación en proceso, marcada por más de cuatrocientos años de esclavitud. En ese contexto, la entrega de la Torah no responde a un lenguaje religioso ni a una construcción espiritual abstracta, sino a una necesidad concreta: constituir a Yisrael como pueblo y como nación.
La instrucción dada en el Sinaí no pretende negar lo ocurrido antes ni desvirtuar el relato de Bereshit. Por el contrario, Yisrael nace de allí. La humanidad comienza con Adam, pasa por Noaḥ tras el reinicio de la humanidad, y continúa con los padres Avraham, Yitzḥak y Yaakov. Sin embargo, el momento del Sinaí marca un antes y un después, porque es allí donde el Creador establece un orden claro para un pueblo que había perdido parte de su identidad dentro de Mitzraim y que ahora debía aprender a vivir como pueblo libre.
La instrucción y el contexto de un pueblo liberado
Elohim escoge a Yisrael no de manera arbitraria, sino en cumplimiento de la promesa hecha al gran padre Avraham. Esa promesa se materializa en un pueblo que sale de la esclavitud, pero que aún no sabe cómo vivir en libertad. Aunque habitaban en Goshen, nunca fueron verdaderamente libres; vivían dentro de una nación poderosa, con estructuras, costumbres y creencias ajenas al Creador.
Mucho de lo que vivieron durante esos siglos no está registrado en las Escrituras, pero no puede ignorarse que ese tiempo dejó huellas profundas. Es razonable pensar que, en medio de Mitzraim, Yisrael conoció prácticas y dioses que no provenían del Creador. No podemos afirmarlo con certeza absoluta, pero tampoco negarlo. Lo que sí es claro es que se trataba de un pueblo que necesitaba ser reordenado.
La Torah se entrega entonces como instrucción para vivir correctamente, de manera distinta a las naciones que ya estaban constituidas. No como una carga, sino como una guía integral para reconstruir identidad, conducta y finalidad.
Mandamientos que ordenan y ubican correctamente
Los mandamientos de la Torah no oprimen ni minimizan al ser humano, pero sí establecen distinciones claras, y esas distinciones son necesarias. La Torah reconoce que no todos somos iguales ni cumplimos las mismas funciones. Hay diferencias entre hombres y mujeres, entre niños, jóvenes y adultos, entre sacerdotes y el sumo sacerdote, y estas diferencias no son un problema; son parte del orden.
No todos pueden hacer de todo. Un pueblo necesita organización, cooperación y responsabilidad compartida. La Torah no busca uniformidad, sino complementariedad. Esto se ve claramente cuando Mosheh elige a hombres y mujeres idóneos para la construcción de los elementos que conformarían el Mishkan, el tabernáculo. Cada uno aportó desde su capacidad, su habilidad y su función.
Nos necesitamos unos a otros. Sin mujeres no hay hijos, sin hijos no hay pueblo, sin pueblo no hay reyes, sacerdotes ni profetas. La Torah ubica a cada persona en su lugar correcto, conforme a su rol, su trabajo y sus méritos, permitiendo que el pueblo funcione como un todo ordenado.
Después de la salida de Mitzraim, el Creador establece un nuevo calendario, santas convocaciones, instrucciones para comer, vestir, vender, sacrificar, construir y organizar la vida comunitaria. Todo esto va dando forma a un pueblo regulado en todos los aspectos de la vida. La regulación no es negativa; por el contrario, trae orden cuando está basada en principios y fundamentos sólidos.
Hacer la Torah y estudiar la Torah
Para el Yisrael que salió de Mitzraim, la Torah no fue algo que debía estudiarse como lo hacemos hoy. Ellos debían hacerla, ejecutarla, vivirla. La instrucción era directa y práctica. En cambio, nuestro contexto es diferente. Vivimos en occidente, con una cultura distinta, con otras formas de pensamiento y otras influencias. Por esa razón, hoy sí necesitamos estudiar la Torah para poder comprenderla y aplicarla correctamente.
Estudiar no reemplaza la práctica, pero se vuelve necesario para llegar a ella. El objetivo sigue siendo el mismo: vivir conforme a la instrucción del Creador, aun cuando los contextos hayan cambiado.
El pacto y la responsabilidad humana
En Shemot en los capítulos19 y 20 se entregan las diez palabras (diez mandamientos). Antes de recibirlas, el pueblo declara: “Todas las palabras que יהוה YAHVEH ha dicho, nosotros haremos”. Esa declaración marca el pacto entre el Creador e Yisrael. Un pacto que fue quebrantado por la rebelión del pueblo al pie del Monte Sinaí, lo que llevó a Mosheh a romper las primeras tablas, escritas por el dedo del Creador.
Sin embargo, el pacto no se anuló. Gracias a la intervención de Mosheh y al mandato del Creador, se hicieron nuevas tablas, esta vez escritas por la mano de Mosheh. Esas segundas tablas permanecen vigentes. Las primeras no volverán a ser vistas en esta tierra, pero el pacto continúa, y la responsabilidad humana sigue en pie.
El Creador no violenta la soberanía del ser humano. La Torah presenta el camino, pero cada persona decide si lo recorre o no. Las consecuencias de esas decisiones también quedan claramente establecidas.
Principios en realidades cambiantes
Los tiempos cambian. No fue lo mismo el Yisrael del desierto que el Yisrael disperso en los cinco continentes. Las realidades humanas son distintas, pero Elohim, el Creador de todo, sigue siendo uno solo. La Torah no está fundamentada en valores humanos cambiantes, ni en ideologías, ni en religiones. Está fundamentada en principios que provienen del Creador, quien conoce lo que es mejor para el ser humano, aun cuando este no siempre logra verlo más allá de sus deseos y caprichos.
La Torah brinda vida, posición y ubicación. No como teoría, sino como una realidad que se alcanza únicamente cuando se practica. En un mundo donde la moral y la ética se ajustan a conveniencia, la Torah sigue ofreciendo una forma de vivir ordenada, consciente y plena.
Vivir conforme a la Torah no garantiza una felicidad superficial, pero sí una vida con sentido, dirección y responsabilidad delante del Creador.
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